En su blog en el diario Público, Andrés Villena reflexiona sobre el futuro del movimiento 15M bajo el título ¿Qué 15M necesitamos a partir de ahora?. Aboga allí por lo que denomina acciones informadas, que define como «iniciativas colectivas que partan de un conocimiento compartido sobre lo que está pasando, pero también de un esfuerzo personal por adquirir las destrezas intelectuales necesarias para una adecuada interpretación de la realidad». Él mismo reconoce que se trata «de un comportamiento que requiere un asumible proceso de cualificación» a la hora de conocer sobre los temas que se debatirán en asamblea. Se trata de una cualificación que Villena eleva a la categoría de deber moral, pero que, sin embargo, no es un fin en sí mismo, pues «un movimiento meramente formativo, sin acciones concretas, está condenado a generar grupos eruditos en cierto modo marginales». De la misma forma que «un colectivo que actúe de manera demasiado cortoplacista o sin la suficiente reflexión puede entrar en dinámicas de estímulo-respuesta en las que las nuevas autoridades públicas se pueden mover a placer».
No le falta razón a Villena en su diagnóstico que es, en sustancia, una reedición del problema de la relación entra la teoría y la praxis ya formulada por Karl Marx. Que el pensador renano no lo articuló de forma convincente lo demuestra, entre otras cosas, que aún se sigan publicando artículos sobre el mismo tema. Sin embargo, no estoy seguro de que Villena lo articule correctamente cuando demanda al mismo sujeto —en este caso, el colectivo que participa en las asambleas ciudadanas— que asuma la tres dimensiones de la política —teórica, crítica y activista— que en su artículo se dan por sobreentendidas. La tesis de mi artículo es que cuando se explicitan esas tres dimensiones y se las llena de contenido se puede entender, al menos en parte, el agotamiento que parece sufrir el movimiento 15M.
La política es teoría, como lo demuestra la ingente cantidad de libros que se han escrito desde la República de Platón. Sin ir más lejos, de algo tan específico como pueda serlo la modalidad deliberativa de la democracia hay, al menos, media docena de teorías que polemizan entre sí. La magnitud de lo que se publica es tal que incluso el experto tiene que llevar a cabo una tarea selectiva sobre aquello que quiere abordar. La filosofía política, disciplina a través de la que se canaliza esta reflexión, es, en este sentido, no menos exigente que la física cuántica o la química orgánica. Su función consiste en fundamentar la corrección de las normas políticas que proponga y, en particular, fundamentar su propia definición de la justicia. Sin embargo, buena parte del movimiento 15M no acaba de ser consciente de esta dificultad y se ha lanzado a debatir, como si fuera la última novedad, asuntos que, en el ámbito teórico, hace ya años que están desacreditados o superados. Baste el ejemplo de una demanda habitual del movimiento: la consulta ciudadana periódica mediante referéndum. Esta demanda se ubica en el espacio del liberalismo más clásico y mercantilista, que entiende la política como el espacio en el que los individuos dirimen sus conflictos de intereses y que se relacionan unos con otros a través de la persuasión, de los pactos o de apretar una tecla en su ordenador, pero no del diálogo. El liberalismo clásico, con referéndum o sin él, considera superfluo el diálogo político, pero no estoy seguro de que esto lo compartan muchos de los que simpatizan con el movimiento 15M. Lo mismo podría decirse del reiterado tópico «igualdad de oportunidades», que pertenece también al ámbito del liberalismo mercantil, pues en el espectro más progresista la igualdad se define de una forma más compleja que la mera similitud del punto de partida que tengan los competidores. Y eso por no entrar en las reinvidicaciones sustancialistas de la cultura, más propias del paradigma conservador que de una renovada democratización de aquella.
La teoría política es, pues, un ámbito en el que los expertos discuten, disienten y se avienen mediante argumentos que requieren un importante nivel de competencia. Se trata de eso que Villena acertadamente llama «grupos eruditos en cierto modo marginales». A este respecto, si no pudiéramos articular alguna forma de hacer partícipe al resto de la sociedad de este conocimiento, la filosofía política se agotaría en el mero debate académico. Pero esto supondría un menoscabo de una rama de la filosofía que se comprende a sí misma como filosofía normativa y práctica, es decir, como una reflexión encaminada a cambiar el estado de cosas para transitar desde lo que «es» a lo que «debería ser». Este tránsito es la razón de ser de la dimensión crítica de la política: la denuncia sistemática de las situaciones de injusticia que no se corresponden con aquello que se ha formulado en el plano teórico. En la medida en que el crítico queda descargado de la tarea de fundamentación de las teorías políticas, su trabajo es relativamente más llevadero, pero no al alcance de cualquiera, pues la función de crítico presupone el conocimiento de aquellas teorías política en las que encuentra su respaldo la propia crítica.
Tampoco la crítica se agota en sí misma, pues lo que se pretende con ella es concienciar, primero, y movilizar, después, al mayor número de personas posibles para combatir las injusticias de hecho. Activar la movilización se corresponde con el plano activista de la política, en el que entran en juego criterios como los de adecuación y oportunidad. Elegir el momento adecuado para convocar una manifestación, a través de qué instrumentos, cómo utilizar las redes sociales o cómo paralizar un desahucio de forma efectiva son también saberes que, al menos hasta cierto punto, han de dejarse en manos de aquellos que muestren algún grado de competencia al respecto.
Creo, y esta es mi opinión sobre las causas del agotamiento del movimiento 15M, que mientras que la dimensión teórica de la política goza de buena salud dentro de su marginalidad, no se puede decir lo mismo de las dimensiones crítica y activista. Respecto de la dimensión crítica, en no pocas ocasiones muchas personas que se declaran cercanas al movimiento 15M ejercen la crítica de forma voluntarista y bien intencionada, pero sin respaldo teórico alguno. Esto les hace incurrir en innumerables contradicciones que no escapan a ciudadanos medianamente informados. De estas contradicciones se derivan muchas deserciones del movimiento por parte de ciudadanos que encuentran que tampoco las contradictorias demandas del movimiento 15M les «representan». En cuanto a la dimensión activista, el movimiento ha tendido a abusar de las grandes movilizaciones en detrimento de aquellas más pequeñas, pero, sin embargo, mucho más efectivas. Sus actuaciones contra los desahucios, que cuentan con el respaldo de la mayor parte de la población, les ha proporcionado no poco éxitos. Tal vez, una estrategia más sistemática de actuaciones puntuales enmarcadas en un programa más amplio les permitiría avanzar hacia los objetivos pretendidos.
No obstante, es muy poco probable que la combinación de una actividad teórica, crítica y activista pueda llevarse a cabo en un movimiento que, precisamente, se enorgullece de su carencia de estructuras organizativas. Esta es también otra de sus contradicciones teóricas.
Pero tampoco basta con la existencia de una organización para garantizar la correcta articulación de esos tres planos si después no se sabe cómo articularlos, no se quiere hacerlo o se opta por confundirlos subordinando lo teórico a las necesidades tácticas. Ahí están los casos, si no, del PSOE y de Izquierda Unida, que tienden a improvisar la teoría según convenga a las necesidades del momento. Hace falta entender, y en esto estoy de acuerdo con Villena, que la política es una forma de conocimiento que siempre ha de mejorarse si se quiere ser efectivo. Pero también es necesario entender, y esta es la enmienda, que se precisa de una nítida división del trabajo y de la colaboración conjunta de aquellas personas que participan en los tres planos de la política. El ¿Cómo colaborar? sustituye hoy en el terreno de la praxis a aquel ¿Qué hacer? que formuló Lenin. Otra cosa, a la vista de la actual complejidad de la política, sería un ejercicio de voluntarismo bien intencionado, pero, en su mayor parte, inoperante.