Como se sabe, la palabra «crítica» tiene un origen griego, ámbito cultural donde significaba un complejo proceso de separar, enjuiciar y combatir. También se sabe que la palabra tiene parentesco etimológico con «crisis», palabra de moda que significa que se está en algún punto culminante respecto de algún proceso, aunque es cierto que la crisis que hoy padecemos es más un estado habitual que puntual. La medicina ha mantenido, de una forma sorprendentemente fiel, la tradición del término griego y su parentesco, pues cuando el médico enjuicia un estado como «crítico» viene a decir que alguien está en una agonía en la que la misma distancia le separa de la vida y de la muerte. Este repaso etimológico —por otra parte, vulgar— viene al caso porque lo que motiva esta crítica fue un debate sostenido en twitter a propósito de qué significa criticar algo.
Que el vínculo semántico lo haya mantenido la medicina de una forma trasparente no significa, ni mucho menos, que ese separar, enjuiciar y combatir no esté también presente en el sentido con el que en el arte se usa la expresión «crítica». Se supone que el que ejerce la crítica de arte enjuicia un objeto tratando de separar a los buenos de los malos (ese es el sentido en el que la Biblia usa la palabra «crisis») contra el trasfondo de un un proceso histórico que se entiende como una colección de obras de arte. De lo que se trata, en suma, es de decidir si este disco, que lleva por título The Birkins de la homónima banda, supone algún punto álgido en la historia del rock. Yo les adelanto que no tengo la más remota idea.
No tengo ni idea, digo, porque me parece que eso de la «historia del rock» no hay por donde cogerlo, como tampoco tiene asidero alguno la «historia de la música clásica» o la «historia del punk». Los tres son producto de una acrítica concepción de la historia como ese progreso en el que los últimos en llegar van superando a los anteriores. Uno puede hartarse, si es en eso en lo que desea perder su tiempo, en leer sobre cómo Beethoven superó a Mozart y cómo este superó a Bach. O, en otro plano musical, cómo The Beatles marcaron un «antes y un después» en no sé qué sucesión de hechos. Digo sucesión de hechos porque no conviene olvidar que la función de la crítica consiste también en un «separar» por géneros y especies. Y es gracias a esa inocente criba por la que hoy podemos conocer a un tipo como Stravinsky, al que durante su vida lo escucharon cuatro gatos y, en cambio, casi no sabemos nada a sus colegas pop que se llevaban de calle el gusto popular. Al crítico le debemos los recuerdos y también las amnesias, motivo por el que no es difícil ver el regusto totalitario que deja eso de ejercer la critica como si uno fuera un semidiós que separa a los buenos de los malos para mantener incólume la marcha del progreso. Probablemente, esta ridícula imagen del crítico es el precio que hay que pagar para que le sigan dando a uno entradas gratis para ver los conciertos.
Sería incapaz de decir en qué parte de la historia se ubica este disco de The Birkins. Pero no creo que ni los productores ni los componentes de la banda se vayan a llevar un chasco por eso. Más absurdo sería que yo les dijera, en plan profesora de instituto: «Bueno sí, progresan ustedes adecuadamente» o, peor aún: «Están ustedes un poco atrasados para su tiempo». Quiero creer que estas cosas le van a traer al pairo, pues supongo que han hecho este disco porque así les ha venido en gana, sin más ánimo que decirle a quien los escuche algo del tipo: «He aquí lo que nos apeteció hacer y así lo hemos hecho».
Como se ve, liberarse de la tiranía de la «historia del rock» tiene también sus ventajas, pues quien da el salto queda inmunizado contra cualquier tipo de crítica negativa. Porque si el crítico censura algo, el artista está a tiempo de defenderse diciendo que no fue eso lo que pretendió hacer. En cambio, si el crítico es complaciente, al artista siempre le queda la elegante salida de decir: «Fue exactamente eso lo que teníamos en mente».
Dos mil años después de que los griegos sembraran la discordia con la palabra «crítica» (¿se imaginan la cantidad de papel de periódico y, consecuentemente, de bosques, que nos hubiésemos ahorrado si no la hubiesen inventado?), Immanuel Kant vino a darle una vuelta de tuerca al asunto declarando que la «crítica» consistía, nada menos, que en llevar algo ante el Tribunal de la Razón. Desde entonces, la crítica sigue siendo criba, pero ahora ya no se separa a los buenos de los malos, sino a los locos de los cuerdos. Pero no se deduzca de aquí la simpleza de que los locos son los malos y los cuerdos, los buenos. No es tan sencilla la cosa cuando Kant dedicó buena parte de una de sus últimas obras, la Crítica de la facultad de juzgar o, lo que es lo mismo, la Crítica de la Crítica, al juicio estético, a ese «me gusta» que antiguamente cada uno lanzaba al mundo en presencia de un objeto bello y que hoy tiene tan desacreditado el Facebook. A Kant le sorprendía que dijéramos frases del tipo «este disco es bueno» y no, como resultaría más lógico, «este disco me parece bueno a mí». No estoy seguro de que Kant acertara en la solución del enigma, pero sí estuvo clarividente a la hora de poner sobre el tapete una cuestión que, doscientos años después, sigue siendo un misterio.
En consecuencia, no sabría decir por qué me gusta este disco de The Birkins, lo cual podría resultar decepcionante para algún lector acostumbrado a las críticas del siglo XIX. Pero peor sería que yo le dijera que este disco tiene que gustarle y por qué. Probablemente ya es usted demasiado mayor para tener su propio criterio, al tiempo que yo soy demasiado viejo para hacer según qué ridículos. Ya bastante risa voy a dar cuando el domingo vaya a votar.
Si algo sigue siendo inexpugnable para eso que llamamos arte es que nos permite ejercer esa individual omnisciencia y omnipotencia con la que tan solo de nosotros depende poder decir «me gusta». No seré yo quien le estropee semejante experiencia individual. Para estropearla ya tenemos suficiente con la propaganda cultural a la que nos somete las administraciones públicas con su repertorio de programación artística a mayor gloria de la identidad nacional o del prurito artístico-emancipador de Dulce Xerarch, que es tato como decir del borreguismo organizado. Ya dijo Walter Lippmann que los símbolos permiten que la masa se movilice a base de inmovilizar a cada individuo.