No es éste mal momento para volver a leer La seducción de la cultura en la historia alemana (2008) de Wolf Lepenies. (Traducción de Jaime Blasco Castiñeyra. Primera edición: 2006. Madrid: Akal. 256 páginas. ISBN 978-84-460-2593-1), que nos recuerda que "En la Alemania nazi, todo el mundo sabía que la pérdida de obras de arte afectaba mucho más a Hitler que la destrucción de grandes barrios residenciales. Los propagandistas alemanes permitían que esto se supiera, convencidos de que la reacción de Hitler no sería juzgada como un síntoma de su brutal indiferencia ante el sufrimiento humano, sino que la gente pensaría que la guerra no había conseguido arruinar su sensibilidad artística" (página 9).
Lepenies nos recuerda que, mientras en inglés y francés, las palabras que expresan la idea de "cutura" engloban lo político, lo económico, lo tecnológico, lo deportivo y lo social, en alemán, "Kultur" se refiere exclusivamente a los aspectos intelectuales y artísticos. No hace falta se un experto para darse cuenta de qué tradición es la que ha influido en España, donde la expresión "cultura" se entiende, invariablemente, como esa colección de obras de arte de obligado conocimiento. Y solo eso. En España, la "cultura" no tiene nada que ver, por ejemplo, con el desarrollo moral, de tal forma, que es perfectamente posible ser una persona culta y, al mismo tiempo, un auténtico cretino. De la misma forma que es perfectamente posible que, en España, y en Canarias, los grandes defensores de la cultura coincidan con los grandes patrocinadores del desmantelamiento de aquello que define el progreso mejor que las obras de arte: la educación, la sanidad, la solidaridad.
A poco que se piense, ser "culto", entendiendo por tal conocer cuántas sinfonías compuso Beethoven, o en qué orden escribió sus obras Shakespeare, no sirve de mucho, salvo para saber cuántas sinfonías compuso Beethoven y en qué orden escribió Shakespeare sus obras. Pero es obvio que, en España y Alemania, ser "culto" es un plus que le sugieren a uno el espejismo de ser miembro de una alta sociedad. Gracias a esa posición tan elevada, se puede hablar de la tarea de "llevar la cultura a los barrios". Barrios en los que, ya es irónico, viven jóvenes con hasta dos y tres carreras que solo esperan que el alcalde o el consejero de turno les redima de su barbarie con un poco de Shakesperare, Beethoven o Falete.
No es más que una moderna forma del elitismo de toda la vida. Cuando este concepto de "cultura" se mezcla además con el de "identidad", como vemos frecuentemente entre nuestras lumbreras locales, se produce aquello que ya denunció Walter Benn Michaels: el concepto moderno de cultura no es más que otra forma de racismo. Decir que el arte, que aspira a la universalidad, contribuye a la vez a la identidad, es un disparate difícil de superar.
Que este discurso cuente con el patrocinio de las fuerzas conservadoras locales, va de suyo. Lo traumático es que a él se sumen, de forma casi siempre irreflexiva, una parte nada pequeña del progresismo local.