Esta semana, varios medios estadounidenses reflexionaban en torno a la crítica situación económica actual. Llevamos varios años, dicen, asistiendo a la caída, paulatinamente "telegrafiada" al instante, de Grecia, y sabemos que, cuando caiga, vendrá a continuación la quiebra de Portugal, Irlanda, Italia, España y del resto de Europa.
Lo asombroso, apuntan estos medios, es que nadie haga nada por evitarlo. La cortedad de miras de nuestros políticos profesionales, los de un lado y otro del Atlántico, les impele a pensar en sus pequeños problemas locales, sustancialmente vinculados a unas elecciones que, como en el caso de Angela Merkel, se van perdiendo una tras otra. Su propio miedo al fracaso político, es decir, perder su aureola de 'líder' y la posibilidad de hacerse millonaria en la empresa privada, como nuestros sabios Felipe González o José María Aznar, le sugiere apostar por la irrisoria estrategia política de satisfacer a su parroquia mientras el resto del mundo se hunde.
Pero, por mucho que los griegos (y también los españoles) hayamos vivido durante años por encima de nuestras posibilidades -gracias a la funesta complementariedad de facilidades crediticias y el gasto desmesurado-, toca ahora resignarse y prestar lo que sea menester para evitar la quiebra. Después será el momento de exigirles responsabilidad a unos políticos, a unos ciudadanos y a unos periodistas que, por ejemplo, mientras se derrumbaban los últimos pilares del Estado de bienestar, aplaudían gustosos en un concierto de Maná con cargo a la deuda pública.