Quienes han venido manteniendo una actitud de indiferencia respecto del proyecto de capitalidad cultural presentado por Las Palmas de Gran Canaria quedan eximidos de la acusación de pasar factura a destiempo. Entre otras cosas, porque no hay factura que pasar, pues me incluyo entre los que piensan que nuestra capital merecía, como cualquier otra, la victoria en tan solemne certamen, pues no hace falta ser un genio para percatarse de que los promotores culturales europeos son sensibles a los expedientes folclóricos-circenses. Y el nuestro daba la talla.
Tampoco hace falta ser un genio para rechazar, por redundantes, las acusaciones vertidas contra el jurado por dejarse llevar por consideraciones políticas a la hora de otorgarle el reconocimiento a San Sebastián. La capitalidad cultural es, en sí misma, un proyecto de ideología política que consiste en inculcar a los ciudadanos el orgullo de ser europeos por la vía del espectáculo y de la exposición de saldo. La misma Unión Europea que con una mano obliga a los estados miembros a recortar derechos sociales, con la otra les concede el privilegio de disfrutar de un momento de sombra con los artefactos trianeros de Martín Chirino. La estrategia, por conocida, resulta tan indigesta como la que pretendió el generalísimo cuando sustituyó los derechos fundamentales por giras veraniegas de Joselito y Marisol.
Como todo en esta vida se contagia, esta política cultural conservadora goza hoy de gran aceptación en el ideario de la izquierda, ya sea de la socialista de Odón Elorza en San Sebastián y de Juan Alberto Belloch en Zaragoza, la comunista de Rosa Aguilar y Andrés Ocaña en Córdoba, o la medio pensionista de Jerónimo Saavedra en Las Palmas de Gran Canaria. Cualquiera puede tomarse la molestia de comparar los proyectos culturales de la izquierda con los de la derecha (Burgos, por ejemplo) para apreciar que todos están cortados por el idéntico patrón de acumular espectáculos y voladores para 'épater la bourgeoisie' sin contar con la 'bourgeoisie'. Porque en esto consiste la capitalidad europea de la cultura: en perpetuar los derechos de nacimiento de esa élite artístico-cultural que ha recibido de Dios el mandato de someter a esa 'masa' de europeos catetos que, dejados a su propio albedrío, estarían todo el día de parrandas de queso y ron. Y, como se sabe, ni por el queso ni por el ron se pagan derechos de autor.
Como es sabido, una cosa es lo que Dios propone y otra, lo que el hombre dispone, y poco interés le ha despertado al hombre común esta capitalidad cultural para la que solo ha sido convocado en función de aplaudidor, de extra de las 'flashmob' y de reverenciador de las procesiones, con palio y todo, de los prohombres capitalinos. Podría ser que el ciudadano haya comenzado a darse cuenta, al fin, de que esto de la cultura administrada consiste en quitarle el dinero a los pobres para dárselo a los ricos. Aunque en esto no habría que mostrarse exultantes, pues no va a ser difícil encontrar a algunos acampados y manifestantes del 15-M disfrutando como benditos en el concierto de Sting, organizado, en gran parte, con fondos del contribuyente. Todavía muchos ciudadanos piensan que es injusto que el dinero público sirva para enriquecer a Emilio Botín, pero la cosa cambia si el agraciado de los fondos que se le quitan a Cáritas es un reconocido artista del pop mundial. La cultura empaquetada al vacío tiene esta capacidad de hipnotizar, incluso, a la grey 'anti-sistema'.
Es la economía, idiota
Podría argumentarse que la cultura hace ya lustros que no existe como objeto de debate, pues toda ella habría sido reconvertida, por la derecha y por la izquierda, en mercancía, y, por tanto, susceptible de producir rentabilidad. Así que, después de todo, y dejando aparte lo que de cultura pudiera tener la capitalidad cultural, lo cierto es que no era una mala oportunidad de hacer negocio con el dinerillo que llegara de Bruselas.
El argumento tiene sus objeciones. La primera es la del desparpajo con la que nuestros gobernantes sacrifican en el altar del mercado cualquier bien público que se ponga a su alcance. Ya no se trata, solo, de sacar rentabilidad de los churrulos de rotonda de Martin Chirino o del bien dotado Tritón de Manolo Gonzalez, obras éstas que si no se las mira como mercancías resultan ininteligibles. Se trata, más bien, de qué derecho tienen los gobernantes a hacer negocio con las fachadas de casas particulares como las del Risco de San Nicolás o con ciudadanos que son utilizados como actores de reparto en la venta de la capital al mejor postor. Pues esos ciudadanos que son utilizados para el negocio no iban a ver un duro cuando se tratara de repartir los cuartos que, en forma de beneficios, llegara del rendimiento cultural. Los cuartos van para los propietarios de la mercancía, una vez descontada la comisión que, en concepto de derechos de autor, se embolsa, en nombre de la izquierda progresista, Teddy Bautista.
La otra objeción consiste en el hecho de cómo se puede concebir un negocio poniendo al frente del bazar a un hombre como Juan Cambreleng, que se ha pasado más de media vida gestionando rentas procedentes del erario, sin que se le haya conocido paso alguno por la economía de libre mercado. Lo suyo es la importación de coros eslavos a precio de saldo y marcar el teléfono de los representantes de artistas para que, a golpe de talonario público, le llenen las fechas del calendario. Cambreleng, y en esto nada tiene de especial con respecto al conjunto de los gestores culturales, es hombre que sabe gestionar los déficits encasquetándoselos al contribuyente, que se rasca el bolsillo para inyectar aún más dinero al teatro Pérez Galdós porque el portento se ha gastado más de 200.000 euros en un recital de Cecilia Bartoli. Pero si de lo que se trata es de que la cultura tenga superávit, no hay nada que acredite para el puesto a un aficionado a la ópera reconvertido ahora en experto en política antiterrorista, discurso éste que, piensa él, lo acerca a sus nuevos patrones del PP en el teatro.
Que no nos hayan fastidiado con la capitalidad cultural se traduce, entre otras cosas, en que nos ahorraremos unos buenos años de propaganda cultural, aunque los prohombres ya han comenzado a entonar aquello de que deben mantenerse vivos los proyectos y bla, bla. Pero vivos solo merecen mantenerse los que hayan acreditado utilidad social. Por eso, los esfuerzos del alcalde Cardona deberían orientarse a reubicar los artefactos de Chirino para que la sombra que produce la mercancía pueda beneficiar no solo a los turistas ocasionales que se refugian del sol en sus bajos, sino también a los aborígenes que gustan de sestear en los bancos de la calle peatonal. Que se note que el centenar de miles de euros dedicados al agasajo del jurado sirvió, a la postre, para algo.