Hay un reclamo que se escucha con frecuencia entre quienes piensan que el dinero público debe ponerse al servicio del arte: que las administraciones públicas deben contribuir económicamente al desarrollo artístico de nuestros jóvenes creadores. Supongamos, lo cual ya es mucho suponer, que esa exigencia fuera correcta y preguntémonos: ¿Sería aceptable que una parte del dinero del Septenio sirviera para financiar el proyecto cinematográfico de un joven actor canario y de su esposa, prometedora realizadora de cine porno y el guión comenzara así: "Me cogió la picha firme y suavemente, y la acarició con mano experta"?
No se hagan demasiadas ilusiones: tan solo se trata de una hipótesis. Pero no estaría nada mal que el Gobierno canario se viera un día ante semejante tesitura para ver con qué argumentos lo resuelve sin violar el derecho a la igualdad que tienen todos los ciudadanos, si es que la rechaza; o sin sufrir la furibunda reacción de una parte de la opinión pública, si es que la acepta. Lo probable sería que la primera tentación del funcionario encargado de sustanciar el expediente fuera la de rechazar el proyecto argumentando que no se trata de arte. No obstante, el asunto no es tan sencillo, pues si la película aún no ha sido rodada, ¿cómo podemos saber que no se trata de una obra de arte? La siguiente consideración sería que no haría falta ver el producto final, pues piensa el funcionario: "El arte debe tratar de asuntos artísticos". Pero tampoco este argumento parece convincente, pues si las dos naranjas y la manzana que forman un bodegón son "asuntos artísticos", imagínense el cuerpo humano. "Ah, bien", piensa el funcionario, "podemos rechazarlo con una argumento moral: denigra a las mujeres". A este respecto, no es evidente que el cine porno denigre más a las mujeres que la mayor parte de las óperas machistas que están en repertorio y que se sufragan tan alegremente con dinero público. Y, además, recordemos que nuestro hipotético proyecto va a ser dirigido por una mujer y el único protagonista que conocemos por el momento es un hombre. "Pues lo rechazamos por ser pornografía, pues ya se sabe que el cine porno no es arte", afirma el probo funcionario antes de estampar sobre el expediente el sello de "rechazado".
Sin embargo, los dos jóvenes canarios, que son conscientes de los derechos que les asisten en un Estado democrático, no se conforman con la resolución y acuden a la jurisdicción contencioso-administrativa, donde pretenden exponer al tribunal que el hecho de que el género cinematográfico sea el pornográfico no puede prejuzgar su exclusión de las producciones artísticas. Y es que nuestros protagonistas han leído el artículo del profesor de la Universidad de Kent, Hans Maes, "¿Quién dice que la pornografía no puede ser arte?" publicado en el último número de la revista de Estética 'La balsa de Medusa' (número 4, 2011).
Quienes dicen que la pornografía no puede ser arte son, entre otros, Jerrold Levison, profesor de la Universidad de Maryland, y Christy Mag Uidhir, de la Universidad de Houston. Ninguno de los dos rechaza, al menos de forma explícita, la pornografía por consideraciones morales. Sus argumentos son estrictamente estéticos. Así, Levison considera que la pornografía nos obliga a recrear nuestra atención en lo representado (el acto sexual), mientras que el arte pretende que fijemos la atención en la representación simbólica de algún hecho. Según Levison, la excitación sexual que despierta la pornografía es tal que impide que los receptores la contemplen por sus cualidades formales. Hans Maes considera que esta línea argumental es débil, en la medida de que una película convencional no queda excluida de la dimensión artística por que el espectador se sumerja en su argumento. Así sucede con casi la totalidad de las obras literarias que consideramos obras de arte. En tal sentido, cuesta trabajo creer que Cervantes solo pretendiera que los lectores se fijaran en los aspectos formales de la obra sin dejarse llevar por las emocionantes andanzas de los dos protagonistas de 'El Quijote'. O, con un ejemplo más reciente, sería como excluir del campo estético las películas de Quentin Tarantino tan solo porque sus espectadores se sumergen en la violenta trama argumental.
Un asunto, dice Maes, es que la mayor parte de las películas pornográficas sean de mala calidad, y otro muy distinto es que no puedan alcanzar el mismo nivel de excelencia que otras películas más convencionales. El argumento de Maes, que es el que se está dirimiendo en este debate, radica en que no hay nada en la pornografía que le impida alcanzar el rango de arte. A este respecto, nos recuerda que el propio Tarantino ha formulado su deseo de rodar una película pornográfica, y, llegado ese momento, estaría por ver que la crítica de cine le cerrara su acceso al olimpo argumentando que el porno no puede ser arte. Conviene mencionar que ese deseo de rodar cine porno ya había sido formulado por otros directores como Stanley Kubrick, que lo desecharon no por consideraciones artísticas, sino por la dificultad para financiar esos proyectos.
El argumento de Christy Mag en contra de la pornografía es algo distinto al de Levinson. Según Mag, las condiciones de éxito de la pornografía son distintas que las condiciones de éxito del arte y ningún producto puede satisfacer ambas a la vez. Este es el argumento según el cual para que un objeto pueda considerarse artístico debe carecer de utilidad. Es obvio que así suprimiríamos de la categoría artística todos los objetos anteriores al siglo XVIII, que es cuando comienza a surgir la categoría "arte". Ni la música religiosa de Bach, ni los cantos gregorianos, ni las pinturas rupestres podrían entrar dentro del canon de "obras de arte", pues fueron producidas para fines muy distintos a la mera contemplación artística.
Según Maes, la discusión sobre si la pornografía puede o no puede ser arte es, hasta cierto punto, absurda, pues ya hay obras de arte que son pornográficas. Pensemos si no en algunas obras de Auguste Rodin como 'Desnudo femenino a cuatro patas, vista desde atrás, con el traje levantado hasta las caderas', que, para tranquilidad de algunos, no se prevé que se exponga en la calle Triana. O pensemos en 'Muchacha reclinada masturbándose' de Klimt, en las fotografías de Robert Mapplethorpe, admiradas por Arthur Danto, o en 'El amante de Lady Chatterley' de David Herbert Lawrence, cuya reedición sin censura en 1960 acabó, como en nuestro caso hipotético, en los tribunales. Juicio en el que desfilaron por el estrado decenas de críticos literarios que testificaron a favor de los valores artísticos de la obra, mientras la fiscalía fue incapaz de encontrar a uno solo que testificara en contra. Por cierto, el arranque de nuestro hipotético guión es una frase de la novela 'Sexus', de Henry Miller, otra obra que goza del aprecio general de la crítica.