A juicio de Touraine, existen dos posibilidades. La primera es que triunfen los ideales más individualistas, y movimientos similares a los que auparon a Hitler al Gobierno de su nación se hagan con el poder. La segunda es que la economía se someta a los dictados de la ética y de los derechos humanos. Touraine apuesta, sin duda, por la segunda, esto es, por "un futuro sin marginación".
La cuestión es que no será la Providencia quien dicte estas u otras respuestas y construya nuestro futuro. Son los ciudadanos los que con su acción y omisión encauzan a los gobiernos para que estos, a su vez, actúen bien legislando, bien desregularizando. El silencio social que se impuso antes de la crisis, y al que los medios de comunicación contribuyeron de modo tan eficaz, ha quedado roto por diversos movimientos, entre ellos el 15-M, que ahora reclaman "dignidad" en todas las esferas de la vida. Sin embargo, los derechos llevan aparejados unos deberes, y quizás sea esa lista de compromisos la que más se eche en falta en nuestra sociedad, entregada a una democracia atomista para los privilegios y comunitarista para las pérdidas, tanto en las esferas del poder como en la propia sociedad civil.